jueves, julio 20, 2006

Flickr

This is a test post from flickr, a fancy photo sharing thing.

viernes, junio 30, 2006

Casona

Desde hace años leo el teatro de Alejandro Casona; autor asturiano, con su tierra metida en las entrañas. En sus obras refleja el carácter de este pueblo: sensible, tierno, delicado, profundo. En Los árboles mueren de pie encontrarás la referencia al jacarandá... Descubrirás una obra preciosa.
¿Hasta dónde llega el amor? ¿Hasta dónde hay que llegar por amor? Los árboles mueren de pie... no lo olvides...

miércoles, junio 28, 2006

También habla del Jacarandá

Isabel llega con Mauricio a la casa de la abuela y la describe de memoria:

"Frente al reloj, una puerta con doble cortina de terciopelo rojo. Y sobre el jardín, el cuarto de estudiante de Mauricio, con la rama del jacarandá asomada a la ventana".

Debe ser bonito levantarse por la mañana y ver las flores azuladas y tubulares del jacarandá entrar por la ventana. Es exótico, no hay duda. Desplacémosnos mentalmente al alba y contemplemos esas flores, percibamos su olor... seguro que comenzarmos el día con buen ánimo. Por cierto, es algo que nunca me viene mal...

¿Tienes curiosidad? ¿De dónde saqué la frase? ¿Quién es Mauricio?
Te lo contaré mañana... seguro... ¿seguro?

Vaivén (Rafael Alberti)


Por la tarde, ya al subir,
por la noche al bajar
yo quiero pisar la nieve
azul del jacarandá.

¿Es azul, tarde delante?
¿es lila, noche detrás?
Yo quiero pisar la nieve
azul del jacarandá.

Si el pájaro canta
que es azul su azulear
yo quiero pisar la nieve
azul del jacarandá.

Si el mirlo liliburlero
que lila su lilear
yo quiero pisar la nieve
azul del jacarandá.

Ya nieve azul a la ida
nieve lila al retornar,
yo quiero pisar la nieve
azul del jacarandá.

martes, junio 27, 2006

Cada hoja que cae
cada flor al volar
me duelen
son pequeños pedazos
que se van desprendiendo
de mí
son comienzo y ocaso
vida y muerte en ciclos de abril.

Veo en tus ramas brotar
el afán de crear
mi sueño
y en tu tronco vital
la certeza de no abandonar
tu función principal en el patio
que me hacer vivir.

Ay mi jacarandá
cuando llegue el final
qué palmera te va a contemplar
qué buganvilla te va a bendecir
desde los ojos que lloran por ti.

Cuando vea que te vas
mi dolor crecerá
como un réquiem para compartir
vida y amores que me hicieron feliz
ramas y flores que te hicieron sentir.
(Pablo Milanés)

La Leyenda (I)

Cuando los españoles empezaron a poblar Corrientes, trayendo consigo a sus familias, vino a habitar este suelo un caballero que traía consigo a su hija. Una bella jovencita de escasos dieciséis años, de tez blanca, ojos azul oscuro y negra cabellera. Se instalaron en una zona no muy retirada de la ciudad de las Siete Corrientes, en una reducción donde los jesuítas cumplían su misión evangelizadora y civilizadora, enseñando no sólo el amor a Cristo sino también a cultivar la tierra a los guaraníes.

Entre los jóvenes de esta reducción se distinguía Mbareté, un mocetón veinteañero, alto y fornido, que trabajaba la tierra con tesón, como queriendo arrancar de sus entrañas toda su riqueza y sus secretos.

Una tarde en que Pilar -la jóven española- salió a caminar en compañía de una doncella que le servía, vió a Mbareté y fue verlo y prendarse de su apostura. El indio también la observó con disimulo al principio, con desenfado después, y admiró su blanca piel, su negro cabello y el color de sus ojos...

El encuentro (II)

El encuentro fue fugaz. Pero Mbareté la siguió con la vista hasta que la joven desapareció entre unos arbusto. El indio buscó la forma de que el jesuíta le asignara tareas cerca de las casas y, en silencio, hurgaba por cuanta abertura había, para poder ubicar a la joven. Pilar, entre tanto, no podía borrar de su retina la imagen del jove aborigen. No podía olvidar lo hermoso que le pareció con su torso desnudo, cubierto de gotas de sudor que le parecían chispas del sol que se le pegaban al cuerpo, al estar realizando su rudo trabajo. Esta vez las miradas fueron largas y profundas. Tan profundas que -sin palabras- se adentraron en el espíritu de ambos, mutuamente. Mbareté pidió al sacerdote que los instruía que le enseñara el castellano. Y aprendió rápido todas aquellas palabras que le sirvieran para expresarle a Pilar que la amaba desde el primer día en que se conocieron. Y buscó la forma de encontrarla a solas y poder hablarle. Y esa oportunidad la tuvo el día en que halló a la joven rodeada de indiecitos a quienes les enseñaba catecismo. El joven se acercó al grupo y sin musitar palabra permaneció observándola hasta que los niños se fueron. Entonces Mbareté caminó junto a ella y, ante su asombro, le habló en español, balbuceante -al principio- para confesarle su amor. Pilar se ruborizó, se sintió confundida, quiso ocultar sus sentimientos, pero sus hermosos ojos azules y su cálida sonrisa la traicionaron y el joven pudo comprobar que era correspondido...

Sueños... y... (III)

...Los encuentros se repitieron. Mbareté le propuso huir juntos, lejos, donde su padre no pudiera encontrarlos. Le habló de construir una choza, junto al río, para ella y allí unir sus vidas. Pilar aceptó y, cuando la choza estuvo concluida, amparándose en las sombras de una noche en que Yasy les brindó su complicidad, escapó con su amado.A la mañana siguiente, el caballero español buscó infructuosamente a su hija, hizo averiguaciones y alguien de la reducción le comentó que la habían visto frecuentemente en compañía de Mbareté y que éste también había desaparecido.Furioso, el padre convenció a varios compañeros para que lo ayudaran a encontrar a la pareja y, fuertemente armados, comenzaron la búsqueda. Pasaron varios días hasta que descubrieron la choza junto al río. Sigilosamente, tomaron posiciones para observar a sus moradores. Así vieron llegar a Mbareté en su canoa, con el producto de su pesca, y vieron también salir a Pilar a recibirlo...

jueves, junio 15, 2006

Tragedia (IV)

El padre de la joven no resistió la visión de la tierna escena de los amantes abrazados y salió de su escondite gritando el nombre de su hija y apuntando con su arma al indio. La joven vio el fuego del odio en los ojos de su padre y comprendió lo que cruzaba por su mente. Trató de evitarlo; de explicarle su actitud, pero el español siguió avanzando con el dedo en el disparador. Pilar se interpuso entre los dos hombres en el preciso instante en que la carga fue lanzada y cayó con el pecho teñido de rojo, fulminada por su propio padre. Al ver esto, Mbareté quedó atónito, tieso, sin atinar a defenderse. Fue entonces cuando otro disparo le dio en plena frente y el joven se desplomó sobre el cuerpo de su amada.
El padre, dolorido e indignado, no se acercó siquiera a los cuerpos yacentes e instó a sus compañeros a volver a la reducción. Esa noche, la imagen de su hija no pudo apartarse de su mente, y con las primeras luces del alba, inició el camino hacia el lugar donde tan tristemente terminara ese amor tan grande que motivó que los jóvenes se olvidaran de sus diferencias de raza...

Las flores del Jacarandá... (V)

...Cuando llegó a la choza, el español no halló restos de la tragedia y en el lugar donde la tarde anterior yaciera la pareja -sin que existiera ningún rastro de la sangre allí derramada- se erguía un hermoso árbol de tronco fuerte, cubierto de flores azul oscuro que se mecían suavemente con la brisa. El hombre tardó en comprender que Dios había sentido misericordia de los enamorados y había convertido a Mbareté en ese árbol, y que los ojos de su hija lo miraban desde todas y cada una de las azules flores del jacarandá.
Cuentos y Leyendas de la Argentina, Barcelona. José Olarte, editor

Counter
Free Web Site Counter